Reseña: La sirenita, reinvención de un clásico

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En 1999, Star Wars: The Phantom Menace fascinó al mundo con su forma de empujar los límites de los efectos visuales, y no hay mejor ejemplo que el momento en el que los protagonistas se sumergen en las aguas de Naboo y se encuentran de frente con Otoh Gunga, la ciudad submarina de los Gungan. Esa metrópolis se sentía viva, coherente y verosímil. Las luces y las estructuras como burbujas, combinadas con la música ominosa, marcaron un hito en lo que podía ser una civilización bajo las aguas. 23 años más tarde, Avatar: The Way of Water debutó y volvió a revolucionar los efectos visuales. La apuesta fuerte por mostrar las aguas de Pandora y los complejos ecosistemas que alberga pusieron un nuevo estándar dorado de cualquier representación submarina en un medio audiovisual.

Ahora, en 2023, la versión live-action de La sirenita, de Disney (compañía madre de los estudios detrás tanto de Star Wars como de Avatar) nos vuelve a demostrar que hay una crisis en el mundo de los efectos visuales, con una de las peores representaciones subacuáticas de los últimos años que, por poco, echa abajo el resto del trabajo de una producción sorprendentemente competente, al menos para lo que los live-action de Disney nos han tenido acostumbrados. De hecho, los efectos y el trabajo de cámara casi hacen que la película se hunda, pero las actuaciones y narrativa de un cuento clásico hacen que el trabajo salga a flote. ¿La sirenita en live-action vale la pena? Sí, pero es más complicado que eso.

La sirenita, de 1989, marcó el inicio de lo que llegó a conocerse como el Renacimiento de Disney, la época en la que sus películas animadas se volvían clásicos instantáneos y marcaban generaciones. Tratar de estar a la altura de algo así es difícil, sobre todo en el terreno actual del cine y las megaproducciones, pero La sirenita de 2023 demuestra el músculo creativo de Disney y le hace justicia a la cinta original en cada vuelta. La historia, inmutable como es, mantiene ese tono melodramático propio de una película de Disney, más una de princesas, y aunque se alimenta fuertemente de la nostalgia para cumplir su cometido, el hecho es que cumple en entregar una historia conmovedora con una clara recompensa emocional.

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En cuanto a las actuaciones, es claro el razonamiento tras la elección de Halle Bailey, la chica puede cantar. La voz de Bailey es comparable incluso con la icónica voz original de Ariel, Jodi Marie Marzorati Benson, y le da su propio giro, sin dejar de respetar la esencia del personaje. En ese sentido, cada número musical en el que Halle participa se vuelve un espectáculo en sí mismo, aunque quizás las expresiones faciales podrían ser ligeramente más sutiles. Javier Bardem, aunque constreñido por el papel mismo, entrega una representación de Tritón dignificada y real, pero con la adición de también dejarse ver vulnerable y, en última instancia, amoroso y preocupado por su hija. Cabe resaltar la participación de Awkwafina como Scuttle, la versión femenina de la gaviota de la cinta original. Y es que Awkwafina, como actriz de personaje, es una joya de su generación que vuelve entretenido todo lo que toca. Pero quizás la interpretación más sorpresiva, para bien, fue la de Melissa McCarthy como Ursula tiene la talla de la propia Pat Carroll, quien interpretara al personaje original, pero también canaliza a la mismísima Divine, la drag queen en cuya apariencia y personalidad está basada la bruja del mar en su versión animada. La Ursula de McCarthy es extra, como Ursula debe ser. El giro que McCarthy le da dota al personaje de una nueva mística propia y, cualquier versión que exista en el futuro, tendrá que tomar prestada una página o dos de esta película. Eso sí, el vestuario y maquillaje fueron demasiado conservadores y se sintieron hasta algo limitados, sobre todo si se contrasta con la expresividad de Ursula. Esta versión del personaje merecía mucho más en el departamento de diseño de producción del que terminó recibiendo.

Las canciones originales suelen ser todo un tema, como lo es todo lo que sea adicional al material original. Tomemos en consideración que la cinta animada dura poco menos de hora y media, mientas que la versión live-action dura dos horas. Y en ese tiempo añadido, hay también temas musicales nuevos. Lamentablemente, ni el genio de Lin-Manuel Miranda fue suficiente para que estas canciones dieran el ancho, menos si se les compara con los clásicos innegables de la versión original. Incluso, podríamos decir que el tema de Awkwafina y Daveed Diggs, The Scuttlebutt, desentona por completo en la cinta, al tratarse de una especie de rap. Pero el tema que es especialmente pobre es el que ahora el Príncipe Eric tiene para expresas sus motivaciones tras ser rescatado por Ariel. Una canción a todas luces plana que rompe con el ritmo de la película.

Hablando de ritmo, hay un problema severo con la forma en la que éste se lleva en La sirenita. Por un lado, los primeros dos actos adolecen de problemas de ritmo. Se sienten lentos y entorpecidos por el material adicional. Algunas escenas se sienten sobreexplicadas o alargadas innecesariamente. Pero todo cambia radicalmente en el último acto, cuando todo cae de forma precipitada y las cosas simplemente siguen sucediendo sin tener un respiro o realmente detenerse a darle la importancia que requiere. El tercer acto se siente apresurado y como que sólo tiene que cumplir con los golpes dramáticos que la trama exige.

El color de piel de La sirenita sí importa

El claro elefante en la habitación del que debemos hablar es el color de piel del personaje principal. Esto ha sido tema de debate desde el anuncio de la cinta y desató la ira y hasta el odio de las personas. Y, aunque hay personas que sin pensarlo salieron a decir que el color de piel no importaba, tienen la idea equivocada. El color de piel de Ariel importa, más de lo que creemos, pero no por las razones que se podrían pensar.

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Ariel es afrodescendiente y Tritón es claramente caucásico. Pero no es la única disparidad en razas; de hecho, cada una de las 7 hijas de Tritón es de una raza distinta. Y es que cada una gobierna sobre uno de los 7 mares y, como tal, tienen la raza de la población dominante en esa región. Por ejemplo, hay una sirena latina, propia del Golfo de México, así como una india, perteneciente al mar Índico. Ariel, al estar relacionada al mar Caribe, es afrodescendiente. Y, sí, el mar Caribe es ahora canónicamente en donde ocurre la historia. A diferencia de la versión animada, en la que los hechos acontecían en algún lugar sin nombrar de Europa, en la versión live-action se trata claramente del Caribe; en concreto, de alguna isla antillana, por lo que el color de piel tiene completo sentido.

Claro que esto supondría un nuevo problema: en la época y lugar en los que se desarrolla la película, la población africana y afrodescendiente eran esclavos o hijos de esclavos. Esto haría al príncipe Eric un esclavista. Pero Disney tiene una forma magistral de darle la vuelta a la situación al tener un Eric adoptado, víctima de un naufragio. Ahora, su madre adoptiva, la reina, es también una mujer afrodescendiente, por lo que la esclavitud, al menos en ese rincón del Caribe, no existe.

En general, la cinta es una mezcla de buenas y malas decisiones que, por suerte, tiene suficientes elementos en la caja de positivos como para salir a flote, muy a pesar de las carencias evidentes de los efectos visuales que rompen por completo con la fantasía y lo vuelven casi una pantomima. Sin embargo, la historia de La sirenita es tan grande que era casi imposible que fallara y las actuaciones estelares fueron el empuje necesario para llevarnos a la sala de cine y cantar como cuando éramos niños.

Calificación: 7/10