La WNBA vive un momento histórico, pero las polémicas amenazan con robarle protagonismo
El crecimiento de la liga trae más audiencia, inversión y salarios, pero también expone tensiones que ponen a prueba el rumbo del básquetbol femenino de EE.UU.

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La WNBA atraviesa una paradoja difícil de ignorar. Mientras la liga celebra 30 años con un crecimiento económico sin precedentes, las controversias dentro y fuera de la cancha han comenzado a dominar buena parte de la conversación pública. El contraste es evidente: más atención, más dinero y más estrellas, pero también más bajo la lupa.
Uno de los episodios que mejor refleja esta tensión fue el enfrentamiento entre DiJonai Carrington y Sophie Cunningham, que terminó con una falta flagrante tipo 2 y la expulsión de la jugadora de Indiana Fever. La jugada, que provocó la caída y sangrado de Cunningham, rápidamente trascendió el resultado deportivo y abrió una discusión sobre la intensidad física que rodea algunos partidos de la WNBA.
La controversia creció cuando Carrington publicó y posteriormente eliminó un mensaje relacionado con el ‘white privilege’, dirigido a la cuenta de Indiana Fever. La jugadora explicó después que su reclamo se debía a lo que consideraba una inconsistencia en los arbitrajes, mientras que Cunningham rechazó que la raza tuviera relación con la jugada. Así, un incidente deportivo terminó convirtiéndose en una discusión racial en redes sociales.
El problema es que no se trata de un caso aislado. La creciente atención sobre las Indiana Fever y Caitlin Clark, una de las grandes figuras de la liga, ha convertido cada contacto, provocación o enfrentamiento en material para las redes sociales. Cunningham, incluso, ha asumido un papel particularmente físico alrededor de Clark, alimentando una narrativa de rivalidades que, en ocasiones, parece competir con el propio básquet por el protagonismo.
A esta tensión se suman las discusiones políticas y culturales que han llegado a la WNBA, entre ellas el debate sobre la participación de atletas transgénero y las posiciones encontradas sobre inclusión y elegibilidad. El asunto ha colocado a jugadoras, sindicato y liga ante una conversación particularmente sensible en EE.UU., donde el deporte profesional se ha convertido en escenario de fuertes disputas ideológicas.
Una liga que crece a una velocidad inédita
Y ahí aparece la gran paradoja. La WNBA 2026 no es la misma competición que apenas hace unos años luchaba por ganar espacio en el mercado deportivo estadounidense. La venta de los Connecticut Sun por 300 millones de dólares, las nuevas franquicias y las crecientes valoraciones de los equipos son señales de que los inversionistas ven un potencial comercial que durante décadas fue subestimado.
De igual modo, la entrada de nuevos equipos ha elevado las tarifas de expansión hasta niveles récord para el deporte femenino estadounidense, mientras las Golden State Valkyries establecieron una referencia de asistencia y despertaron una demanda que habría parecido improbable en otras etapas de la liga.
El nuevo convenio colectivo es otra muestra de la transformación: el salario mínimo pasó a 270 mil dólares, frente a 66,079 dólares en 2025, mientras el máximo alcanzó 1.4 millones. Además, el acuerdo de derechos audiovisuales firmado en 2024 ronda los 200 millones anuales, más del triple del contrato anterior.
Por eso, el verdadero desafío de la WNBA no consiste únicamente en sobrevivir a una polémica más. El crecimiento trae inevitablemente mayor exposición y convierte cada conflicto en un asunto de alcance nacional. La liga tiene ahora la oportunidad de demostrar que puede administrar esa atención sin permitir que las disputas físicas, raciales, políticas o digitales terminen definiendo su identidad. Su futuro comercial parece cada vez más sólido; la pregunta es si podrá conseguir que el básquetbol siga siendo la historia principal.


