De freír pollo, a héroe del Super Bowl: la noche eterna de Malcolm Butler
Pasó del anonimato a la inmortalidad deportiva al interceptar a los Seahawks en la yarda uno para darle el triunfo a los Patriots en el Super Bowl XLIX

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Once años después, el calendario vuelve a cruzar los caminos de New England Patriots y Seattle Seahawks en un Super Bowl. No es solo un partido más. Es una revancha que revive una herida abierta en la memoria de la NFL y que lleva inevitablemente a un nombre: Malcolm Butler.
El Super Bowl XLIX no se decidió por una ofensiva histórica ni por una actuación perfecta. Se definió en una yarda, en un parpadeo, en una lectura defensiva que transformó para siempre la vida de un jugador que, meses antes, freía pollo por el salario mínimo en Mississippi.
La noche del 1 de febrero de 2015, Seattle tenía el balón y el campeonato al alcance de la mano. Russell Wilson buscó un pase rápido. Butler lo vio antes que nadie. Dio un paso al frente, atacó la trayectoria y atrapó el balón que selló el 28-24. En ese instante, el cuarto anillo de Tom Brady quedó asegurado, pero también nació una de las historias más improbables que ha vivido el fútbol americano profesional.
Malcolm Butler no llegó a la NFL por el camino tradicional. Nació en Vicksburg, Mississippi, el menor de cinco hermanos, criado por su madre Deborah en un entorno donde las oportunidades no sobraban. Desde joven entendió que destacar no era un lujo, era una necesidad para ayudar a su familia.
Su carrera estuvo cerca de terminar antes de empezar. Tras salir de la preparatoria, fue expulsado del equipo de Hinds Community College por problemas disciplinarios. Sin beca, sin uniforme y sin un plan claro, Butler se puso un delantal en un ‘Popeyes’ de su ciudad. Barría pisos, atendía clientes, lavaba utensilios y freía pollo mientras intentaba recomponer su vida académica y deportiva.
Ese periodo marcó su carácter. No dejó el futbol. Entrenó solo, corrigió sus calificaciones y consiguió una segunda oportunidad en West Alabama, un programa de División II lejos de los reflectores. Ahí jugó bien, fue reconocido en su conferencia, pero no fue suficiente para llamar la atención en el Draft NFL 2014. Nadie dijo su nombre.
Un mal tiempo en las 40 yardas cerró puertas. Para muchos equipos, eso fue sentencia definitiva. Para New England, fue una duda que valía la pena explorar. Josh Boyer insistió. Bill Belichick aceptó verlo. Butler llegó al minicampamento con un mensaje claro: no había segunda oportunidad.
Su temporada de novato pasó casi desapercibida. Jugó poco, no interceptó pases y no aparecía en los titulares. Pero sí absorbía cada corrección, cada regaño y cada repetición en los entrenamientos. Especialmente una jugada que Belichick exigió ejecutar sin margen de error. Esa jugada volvió en el momento más grande de todos.
En la yarda uno, con el Super Bowl en juego, Butler reconoció la formación. No dudó. Cuando el balón salió de las manos de Wilson, él ya estaba en movimiento. El estadio quedó en silencio. La banca de los Patriots explotó. El resto es historia.
De la noche a la mañana, Malcolm Butler pasó del anonimato a la inmortalidad deportiva. Su nombre recorrió el país, su ciudad lo recibió como héroe y Tom Brady le regaló la camioneta que había ganado como MVP. Pero más allá de los reflectores, Butler demostró que no era solo una jugada.
Se convirtió en titular, fue All-Pro, ganó otro Super Bowl y firmó un contrato millonario con Tennessee antes de volver a New England. En 2024, anunció su retiro con serenidad, consciente de haber exprimido cada oportunidad.
Su legado no se mide solo en intercepciones o anillos. Se mide en esa yarda, en esa lectura, en ese instante que cambió un Super Bowl y escribió una de las páginas más memorables del deporte.
Hoy, cuando Patriots y Seahawks vuelven a encontrarse en el escenario más grande, once años después, la historia vuelve a respirar. Y aunque Malcolm Butler ya no está en el campo, su jugada sigue ahí, esperando ser recordada… justo antes de que el balón vuelva a volar.


