Francisco Cerúndolo: el tenista que nadie vio venir
Francisco Cerúndolo remontó dos sets ante Taylor Fritz y avanzó en el US Open 2026. Pero la historia del argentino empezó mucho antes, cuando todavía no parecía destinado a convertirse en uno de los mejores tenistas de su país.

Hay algo particularmente interesante en la historia de Francisco Cerúndolo: llegó al tenis profesional por un camino que se parece poco al que normalmente imaginamos cuando pensamos en la formación de un jugador de élite. Mientras muchos niños empiezan desde muy pequeños a vivir prácticamente dentro de una cancha, él tuvo que repartir su tiempo entre el tenis y la escuela. Mientras algunos de sus rivales acumulaban horas de entrenamiento y competiciones internacionales, Cerúndolo llevaba una vida bastante más parecida a la de cualquier estudiante.
Sus padres tuvieron mucho que ver con esa decisión. Aunque el tenis estaba profundamente instalado en su familia —su padre Alejandro fue jugador profesional y después entrenador—, nunca aceptaron que Francisco abandonara la escuela para dedicar todo su tiempo a entrenar. Él mismo ha contado que durante su adolescencia sentía que sus rivales le llevaban ventaja porque entrenaban mucho más y que, a los 14 o 15 años, no parecía estar destinado a convertirse en una figura del tenis mundial.
La paradoja es que aquella desventaja terminó formando parte de su identidad como jugador. Cuando terminó la escuela, alrededor de los 18 años, pudo aumentar sus horas de entrenamiento, había ganado altura y comenzó a desarrollar una confianza que antes no tenía. Su crecimiento fue más lento que el de otros jugadores de su generación, pero también le permitió llegar al profesionalismo después de haber construido una vida que no dependía exclusivamente del tenis.
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De Buenos Aires a Estados Unidos
En 2018, después de terminar sus estudios escolares, Cerúndolo buscó una fórmula que le permitiera continuar con el tenis sin renunciar a la universidad. Así llegó a la Universidad de South Carolina, donde jugó tenis universitario y combinó la competencia con sus estudios. La experiencia duró alrededor de seis meses antes de que decidiera regresar a Argentina para concentrarse de lleno en su carrera profesional.
La universidad, sin embargo, no desapareció de su vida. Cerúndolo continuó estudiando Management de manera remota en la Universidad de Palermo mientras avanzaba en el circuito profesional, una decisión que habla de una relación distinta con su profesión: el tenis es el centro de su vida deportiva, pero no necesariamente el único espacio en el que construye su identidad. Incluso ha explicado que estudiar le permite desconectarse mentalmente de la competencia y mantener una actividad que no está relacionada con ganar o perder un partido.
Eso resulta importante para entender su historia porque el camino de Cerúndolo no fue simplemente una versión menos intensa de la formación tradicional. Fue una trayectoria en la que el tenis tuvo que convivir durante años con otras prioridades, y en la que el argentino tuvo que encontrar por sí mismo el momento en que estaba preparado para convertir aquella afición familiar en una profesión de alto rendimiento.
También tuvo que aprender a jugar contra sí mismo
El otro gran capítulo de su evolución ocurrió dentro de su propia cabeza. Cerúndolo ha hablado de los problemas que tuvo durante sus primeros años como profesional para manejar la frustración: podía enojarse rápidamente, quedarse atrapado en un error, discutir o romper una raqueta cuando las cosas no salían como esperaba. En un deporte tan individual como el tenis, donde no existe un compañero que pueda rescatarte durante los momentos difíciles, esa reacción emocional podía convertirse en un problema tan importante como cualquier aspecto técnico.
Por eso comenzó un proceso de trabajo psicológico que se prolongó durante años. No se trataba simplemente de aprender a estar tranquilo, sino de entender qué hacer con la frustración y cómo evitar que una mala decisión o un punto perdido contaminara los siguientes. Cerúndolo necesitaba aprender algo que el tenis profesional exige con especial dureza: aceptar rápidamente lo que ya ocurrió y concentrarse en la pelota que todavía no se ha jugado y en esta edición del US Open llegó su momento.
Esa evolución adquiere un significado distinto cuando se observa lo ocurrido este sábado en Nueva York. Frente a Taylor Fritz, en un Arthur Ashe Stadium que vive nuevas formas de apreciar el deporte, Cerúndolo comenzó perdiendo los dos primeros sets y parecía encaminado a una eliminación más para el estadounidense, noveno cabeza de serie y uno de los favoritos del público local. Sin embargo, el argentino encontró la manera de cambiar el partido, ganó el tercero, se llevó el cuarto y llevó la definición hasta un quinto set en el que la presión era máxima.
Entonces apareció una de esas situaciones que pueden resumir una carrera entera. Con 4-3 en el quinto set, Fritz tuvo tres oportunidades consecutivas para quebrar el saque de Cerúndolo. Era un 0-40 que podía haber cambiado completamente el desenlace de la remontada, pero el argentino respondió ganando cinco puntos consecutivos y salió de aquel momento límite sin perder el servicio.
A partir de ahí, Cerúndolo terminó imponiéndose 3-6, 4-6, 6-3, 6-4 y 6-4. Fue apenas la segunda remontada de dos sets a cero de su carrera y la primera vez que alcanza la cuarta ronda del US Open. Después del partido, todavía sorprendido por lo que había ocurrido, resumió sus sensaciones con una frase sencilla: “No sé cómo gané”.
Quizá no sabía cómo había ganado aquel partido, pero sí había algo que podía explicar lo ocurrido en esos minutos decisivos. El jugador que años atrás podía quedarse atrapado en la frustración había aprendido a permanecer dentro del partido incluso cuando el partido parecía escapársele.
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El camino que nadie estaba mirando
La historia de Cerúndolo no es la de un jugador que rechazó el tenis ni la de alguien que decidió desafiar deliberadamente el sistema de formación de los grandes campeones. Es, más bien, la historia de un tenista que no necesitó recorrer exactamente el camino que parecía obligatorio para llegar a la élite.
No fue uno de los grandes prodigios juveniles. Sus padres no permitieron que abandonara la escuela para entrenar más horas. Durante su adolescencia llegó a sentirse en desventaja frente a jugadores que tenían una preparación mucho más intensa y, cuando terminó sus estudios, probó incluso una experiencia universitaria en Estados Unidos antes de regresar a Argentina para dedicarse de lleno al profesionalismo.
Mientras su carrera crecía, siguió estudiando y tuvo que trabajar durante años para controlar unas emociones que en determinados momentos amenazaban con jugarle en contra. Su evolución, por tanto, no fue una línea recta ni la historia de un niño señalado desde temprano como futuro campeón. Fue mucho más irregular y, precisamente por eso, mucho más humana.
Y ahora esa historia tiene una imagen imposible de ignorar: Francisco Cerúndolo, de pie en Arthur Ashe, después de haber estado dos sets abajo ante uno de los favoritos locales y de haber salvado un 0-40 en el quinto. El mismo jugador que durante su adolescencia parecía ir detrás de otros hoy está entre los 16 mejores del US Open y ha obligado a Nueva York a mirar hacia él.
Quizá esa sea la verdadera razón por la que Cerúndolo resulta tan interesante. No llegó tarde al tenis; llegó a su propio momento. Su carrera necesitó más tiempo, más aprendizaje y más vueltas de las que suelen caber en la historia de un prodigio, pero ninguna de ellas terminó impidiéndole llegar hasta aquí.
Ahora enfrentará al belga Alexander Blockx por un lugar en los cuartos de final. Ya no es necesario preguntarse si Cerúndolo estaba destinado a llegar a Arthur Ashe. La pregunta es hasta dónde puede llevarlo el camino que construyó lejos de las prisas, de las etiquetas y de la obligación de convertirse demasiado pronto en lo que otros esperaban de él. Así son las historias que se escriben en Flushing Meadows.


