El Australian Open 2026 confirma a la NCAA como vía central hacia el tenis profesional
La edición 2026 de Melbourne reunió 34 jugadores con paso universitario y reabrió el debate por los límites al cobro de premios

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El Australian Open 2026 marcó un punto de inflexión en la relación entre el tenis universitario estadounidense y el circuito profesional. La presencia de 34 jugadores con experiencia en la NCAA, 25 hombres y nueve mujeres, en los cuadros individuales. En la tercera ronda, había ocho exjugadores colegiales en el cuadro varonil de Melbourne, la mayor cifra desde 1987. El paso por la universidad se confirmó como un camino operativo y competitivo para llegar y sostenerse en el máximo nivel, cuando antes no lo era.
El crecimiento del tenis colegial
En 2016, el Australian Open contó con solamente diez jugadores con experiencia universitaria en singles. Este año, el número se triplicó. El crecimiento se explica, en parte, por la prolongación de las carreras profesionales, lo que vuelve viable invertir los años 18 a 22 en desarrollo físico, académico y competitivo sin perder ventana deportiva.
A este escenario se suma la internacionalización del tenis colegial. Cerca del 35% de los jugadores de la División I son extranjeros y, en la última década, más del 40% de los títulos NCAA individuales y de dobles han sido ganados por tenistas no estadounidenses. En Melbourne 2026, esta influencia se reflejó en jugadores como Francisco Cerúndolo, Nuno Borges o Cameron Norrie, todos con formación universitaria previa y participación estable en cuadros principales de Grand Slam.
El crecimiento también ha sido impulsado por mecanismos formales de transición como el ATP-ITA Next Gen Accelerator, que garantiza accesos a torneos Challenger para los mejores jugadores universitarios. Desde su implementación en 2023, el programa ha generado decenas de victorias profesionales y facilitado saltos rápidos al top 150, reduciendo el histórico cuello de botella del ranking inicial.
Los números de Melbourne lo respaldan. De los 34 tenistas con pasado universitario en singles, 18 avanzaron a segunda ronda: 14 en el cuadro masculino y cuatro en el femenino. Los jugadores formados entre los 18 y 22 años en estructuras universitarias están llegando al circuito con mayor madurez física, continuidad competitiva y tolerancia al desgaste.
Los estudiantes que dominan en Melbourne

Ethan Quinn, campeón NCAA 2023 con Georgia, eliminó al sembrado 23 Tallon Griekspoor en tres sets y posteriormente a Hubert Hurkacz para instalarse en tercera ronda. Eliot Spizzirri, formado en Texas, superó al sembrado 28 Joao Fonseca, firmó su primer triunfo a cinco sets ante Yibing Wu y estuvo cerca de derrotar al vigente bicampeón, Jannik Sinner. Ben Shelton (Florida) y Learner Tien (USC) alcanzaron la cuarta ronda como jugadores preclasificados, mientras que Michael Zheng, aún estudiante activo en Columbia, venció a Sebastian Korda en cinco sets.
El caso de Zheng sintetizó tanto el nivel competitivo como las tensiones del modelo actual. Su victoria en primera ronda le aseguró una bolsa cercana a los 150 mil dólares, monto que no pudo cobrar íntegramente por su condición de estudiante-atleta. Bajo las reglas vigentes de la NCAA, los jugadores activos solo pueden aceptar dinero equivalente a gastos reales y necesarios del torneo, sin un tope fijo anual pero con restricciones estrictas sobre qué conceptos son reembolsables. El resto debe ser devuelto o rechazado para no perder la elegibilidad.
En el cuadro femenil,. Peyton Stearns, formada en Texas, alcanzó la tercera ronda; McCartney Kessler (Florida) avanzó a segunda; Emma Navarro (Virginia) y Diana Shnaider (NC State) ingresaron como jugadoras consolidadas del top 15. El rendimiento de este grupo confirmó que la brecha entre el tenis universitario y la élite del circuito continúa reduciéndose, especialmente en jugadoras que completan ciclos de dos a cuatro años en campus.
La polémica de los pagos
Retomando el caso de Zheng, el problema radica en que la NCAA limita los ingresos de los tenistas dentro del circuito. En deportes colegiales, los atletas ya pueden ganar millones de dólares por derechos de nombre, imagen y semejanza (NIL) sin perder elegibilidad. Ese dinero puede venir de patrocinios, acuerdos comerciales o incluso esquemas de reparto de ingresos ligados a las universidades. Sin embargo, el ingreso por jugar y ganar partidos sigue limitado: los estudiantes no pueden cobrar premios en torneos profesionales más allá de lo estrictamente necesario para cubrir gastos básicos del evento.
Esta situación es el centro de la demanda colectiva de las jugadoras Reese Brantmeier y Maya Joint. El argumento señala que NCAA permite que un atleta cobre por su imagen, pero le prohíbe cobrar por su rendimiento deportivo, aun cuando el tenis es un deporte individual y global. En la práctica, esto obliga a los jugadores a escoger entre competir en Grand Slams o mantener su elegibilidad universitaria.
En la actualidad, el tenis universitario produce jugadores competitivos, medibles y capaces de impactar en Grand Slams. La discusión pendiente es la financiera y regulatoria. Mientras el flujo de talento desde la NCAA hacia el circuito sigue creciendo, la presión por alinear las reglas económicas con la realidad competitiva del deporte se vuelve inevitable.


