Sabalenka y la pregunta incómoda: ¿por qué seguimos queriendo que las mujeres pierdan con elegancia?
La derrota de Aryna Sabalenka en la final del US Open 2026 desató un debate sobre si las deportistas enfrentan un doble criterio al ser juzgadas por su temperamento y manejo de la frustración.

Aryna Sabalenka perdió el US Open. Y durante unos minutos, después de perderlo, también perdió el control. La bielorrusa rompió su raqueta, golpeó una pelota hacia las tribunas y tuvo un momento de tensión con un camarógrafo después de caer ante Elena Rybakina por 6-4, 5-7 y 6-2 en la final. La derrota terminó con su intento de conquistar el torneo por tercer año consecutivo y puso fin a sus 99 semanas consecutivas como número uno del mundo.
No hay que justificar una mala conducta. Un camarógrafo no tiene por qué convertirse en el blanco de la frustración de una deportista, del mismo modo que romper una raqueta puede entenderse como una descarga de enojo sin que por eso tengamos que celebrarla.
Pero hay una pregunta mucho más incómoda detrás de todo esto: ¿Por qué seguimos esperando que las mujeres pierdan con elegancia?
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El problema no empezó en la final
Sabalenka llevaba días chocando con esa frontera invisible entre la deportista y el personaje que los demás quieren construir alrededor de ella.
El 2 de septiembre, después de vencer 6-1 y 6-1 a Polina Iatcenko, el periodista Matt Futterman, de The Athletic, le preguntó por su estado de ánimo y mencionó que durante los días previos había tenido “fiestas y diversión”.La pregunta estaba relacionada con sus actividades fuera de la cancha y con eventos vinculados a sus patrocinadores. Sabalenka reaccionó con molestia y cuestionó que eso pudiera utilizarse para insinuar que no estaba tomándose en serio su preparación.
La escena se volvió viral. Futterman explicó después su versión y señaló que no había querido afirmar que Sabalenka hubiera estado de fiesta en lugar de entrenar. Según The Times, Sabalenka posteriormente se disculpó con él y Futterman aceptó la disculpa.
El episodio importa porque muestra que la discusión no empezó con la raqueta rota. Una mujer que tiene patrocinadores, participa en eventos comerciales y mantiene una vida pública parece tener que demostrar constantemente que todo lo que ocurre fuera de la cancha no interfiere con su obligación principal: ganar.
Y cuando responde con enojo, la conversación rápidamente deja de ser sobre tenis. Pasa a ser sobre ella.
La furia también tiene género
El deporte tiene una relación bastante extraña con la furia. En los hombres, muchas veces se interpreta como intensidad competitiva, carácter o pasión. En las mujeres, con frecuencia se convierte en una discusión sobre personalidad.
John McEnroe construyó una parte enorme de su personaje alrededor de sus discusiones con los jueces, sus insultos y sus explosiones. Fue sancionado, criticado y abucheado, pero su furia terminó formando parte de su leyenda y de la manera en que el tenis contó su historia.
Eso no significa que debamos trasladar automáticamente esa tolerancia a Sabalenka. Tampoco que cada reacción de una deportista deba ser aceptada porque “los hombres también lo hacen”.
La pregunta es otra: ¿Por qué una mujer que muestra una intensidad similar corre tan rápido el riesgo de ser reducida a su temperamento?
No es solamente una impresión
Aquí la discusión deja de ser únicamente una opinión sobre Sabalenka. Un estudio que analizó 357 artículos sobre tenis publicados durante el Australian Open encontró diferencias importantes en la representación de hombres y mujeres. Las tenistas aparecían con mayor frecuencia asociadas a características personales y a aspectos como apariencia, relaciones y supuestas debilidades mentales, mientras que los hombres recibían una cobertura más centrada en su desempeño deportivo.
Otros trabajos sobre entrevistas a deportistas han encontrado también diferencias en el tipo de preguntas que reciben hombres y mujeres. La investigación sobre medios deportivos lleva años señalando que las atletas son colocadas con mayor frecuencia dentro de narrativas emocionales, personales o relacionadas con su apariencia, en lugar de ser tratadas únicamente como competidoras.
Eso no significa que cada periodista que pregunte por emociones esté reproduciendo un prejuicio. Significa que existe un patrón que vale la pena observar. Y Sabalenka acaba de ponerlo otra vez delante de nosotros.
La policía del tono
Quizá por eso hay una idea que sirve para entender mejor lo que ocurre: la policía del tono. No está escrita en ningún reglamento de la WTA. Nadie le entrega a una tenista un manual que diga cómo debe reaccionar después de perder una final. Pero el código parece existir.
Puedes estar decepcionada, pero no demasiado. Puedes enojarte, pero sin levantar demasiado la voz. Puedes responder con firmeza, pero sin parecer agresiva. Puedes defenderte de una pregunta que consideras injusta, pero procurando que nadie se sienta incómodo. Y, sobre todo, puedes perder. Pero sería mejor que perdieras con una sonrisa.
El problema es que una final de Grand Slam no es una clase de modales. Es una competencia. Sabalenka llevaba en los hombros la posibilidad de convertirse en la primera mujer desde Serena Williams en ganar tres US Open consecutivos. Había llegado a Nueva York como campeona defensora y número uno del mundo. Rybakina, además, le había arrebatado el número uno antes de la final. Había mucho más que un trofeo en juego.
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La salud mental no puede convertirse en una excusa
También hay que tener cuidado con otra palabra que aparece cada vez más cuando hablamos de deportistas: salud mental.
Hablar de salud mental en el deporte no significa diagnosticar a alguien porque rompió una raqueta. Mucho menos utilizar una derrota para explicar desde fuera qué ocurre dentro de la cabeza de una persona.
Sabalenka sí ha hablado públicamente de la presión, de sus emociones y de su trabajo para aprender a manejarlas. Después de la final reconoció que el peso de intentar ganar por tercera vez consecutiva hizo más difícil controlar lo que sentía durante el partido.
Eso es importante. Porque controlar las emociones no significa dejar de sentirlas. Un deportista puede estar devastado y seguir siendo mentalmente fuerte. Puede llorar, gritar o necesitar tiempo antes de hablar con los medios. Puede sentirse furioso después de perder la oportunidad de conseguir algo que quizá no vuelva a tener.
La fortaleza mental no consiste necesariamente en parecer tranquilo. Consiste en poder atravesar lo que estás sintiendo y seguir adelante.
Rybakina no ganó por ser más serena
Aquí aparece otra trampa que debemos evitar. Rybakina fue extraordinariamente serena durante buena parte de la final. Sabalenka mostró mucha más frustración. Pero sería un error convertir eso en una moraleja sobre cómo debe comportarse una mujer.
Rybakina ganó porque jugó mejor. La kazaja perdió el primer set, resistió el segundo y recuperó el control en el tercero. Terminó imponiéndose 6-4, 5-7 y 6-2, ganó su primer US Open, conquistó su tercer Grand Slam y se convirtió en la nueva número uno del mundo.
Su calma fue parte de su manera de competir. No fue la razón moral de su victoria. Y la frustración de Sabalenka tampoco explica por sí sola la derrota. El tenis no entrega puntos por elegancia emocional. Entrega puntos por ganar.
Responsabilidad y doble estándar pueden coexistir
Esto también hay que decirlo. Defender el derecho de una deportista a expresar enojo no significa justificar cualquier comportamiento. Si una jugadora dirige una agresión verbal hacia un trabajador o pone a otra persona en una situación incómoda, puede y debe ser cuestionada.
Sabalenka es responsable de sus actos. Pero también lo somos nosotros de la manera en que los interpretamos.
Decir “es una mujer y por eso la critican” sería demasiado fácil. Decir “rompió una raqueta y perdió el control, así que todo lo demás no importa” también. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Puede haber una conducta reprochable y, simultáneamente, un doble estándar en la manera de juzgar la conducta.
McEnroe no es una absolución
La comparación con McEnroe tampoco debe convertirse en una excusa. Él tuvo comportamientos que merecieron sanciones y críticas. Sus explosiones fueron tan frecuentes que terminaron formando parte esencial de su personaje público. Pero justamente por eso resulta útil recordarlo.
El tenis ha demostrado históricamente que puede convivir con hombres difíciles. No necesariamente porque apruebe su comportamiento, sino porque puede separar al deportista de su temperamento.
McEnroe podía ser insoportable y extraordinario al mismo tiempo. El deporte aprendió a contar esa contradicción como parte de su personaje.
Cuando una mujer presenta una personalidad igual de incómoda, todavía existe una tendencia a convertir el comportamiento en una explicación de quién es ella. Ahí está la diferencia que merece ser discutida.
¿Qué le estamos pidiendo realmente a una deportista?
Tal vez el problema no sea que esperemos respeto. El respeto es indispensable. Tal vez el problema sea que, en ocasiones, confundimos respeto con docilidad.
Una deportista puede estar furiosa y seguir siendo respetuosa. Puede estar triste sin pedir disculpas por estar triste. Puede decir que una pregunta fue injusta. Puede negarse a sonreír. Puede no querer convertir inmediatamente una derrota en una lección inspiradora para sus seguidores. Y puede equivocarse.
Lo que no deberíamos exigirle es que, además de competir al máximo nivel, interprete el papel que nosotros consideramos emocionalmente correcto.
Sabalenka perdió el US Open. Elena Rybakina ganó su primer título en Nueva York y se convirtió en la nueva número uno del mundo. Ese es el resultado deportivo.
Después vino la frustración y, con ella, la conversación sobre el comportamiento de Sabalenka.
Quizá el problema no sea hablar de ello. Quizá el problema sea que, cuando una mujer pierde, demasiadas veces terminamos hablando de cómo perdió antes que de qué hizo para llegar hasta ahí.
Sabalenka llegó a una final de Grand Slam. Ganó dos US Open consecutivos. Fue número uno durante 99 semanas. Intentó hacer algo que solamente unas cuantas mujeres han conseguido en la historia del torneo. Y perdió.
No necesita que la absolvamos. Tampoco necesita que la hagamos sonreír. Necesitamos poder verla completa: una atleta extraordinaria, una competidora sometida a una presión extraordinaria y un ser humano que, como todos, puede perder el control.
Porque quizá la verdadera igualdad en el deporte no llegue cuando dejemos de exigir responsabilidad a las mujeres. Llegará cuando dejemos de exigirles, además, que pierdan de la manera que nos resulta más cómoda.
No se trata de pedir que las mujeres pierdan con elegancia. Se trata de preguntarnos por qué seguimos esperando que lo hagan.


