Latidos mundialistas: el día que el fútbol unió a una Irak rota por las diferencias políticas
Irak cuenta sólo con dos capítulos en la historia de los Mundiales, en parte por las situaciones complicadas que vive el país a nivel político y social
- Simulador Mundial 2026: dirige el camino de tu equipo hasta la final
- Latidos mundialistas: Salah y su histórica búsqueda de un triunfo para Egipto en Copas del Mundo
- Agenda deportiva de hoy: partidos, estadísticas y resultados en directo
La selección de Irak cuenta con una historia breve en las Copas del Mundo. Tras 40 años, regresa a un Mundial con la intención de firmar una participación histórica en un país donde el deporte adquiere un significado especial debido a los problemas políticos en el Oriente Medio, los cuales en diversas ocasiones han relegado el fútbol a un segundo plano.
La primera clasificación de Irak ocurrió en el Mundial de México 1986, en un contexto sumamente adverso en el que el equipo disputó todos sus partidos de eliminatoria como visitante. Debieron transcurrir cuatro décadas para que los llamados Leones de Mesopotamia regresaran a una Copa del Mundo, tras imponerse a Bolivia en el repechaje internacional disputado en el Gigante de Acero de Monterrey rumbo al Mundial de Norteamérica 2026. Un logro que se suma a otros capítulos relevantes como el título de la Copa Asiática de 2007, conseguido contra todo pronóstico.
Irak 2007: la victoria imposible en medio de la guerra y la fractura social
Viajamos a 2007, a la coronación de la selección de Irak en la Copa Asiática, en un país y un pueblo que se encontraban desangrados y fragmentados por eternos conflictos entre etnias, corrientes del islam e ideologías, tras la intervención de Estados Unidos, la caída de Saddam Hussein y el caos posterior.
En ese contexto, todo el plantel de la selección había sufrido la pérdida de algún familiar o amigo; era habitual que, al llamar a casa, se enteraran del fallecimiento de un ser querido. El brasileño Jorvan Vieira asumió el mando del equipo e impuso reglas estrictas para fomentar la unidad. La primera fue que todos debían comer al mismo tiempo, rompiendo el hábito de que sunitas, chiitas y kurdos lo hicieran por separado. También ordenó que se mezclaran en las habitaciones: para jugar juntos, debían convivir.
Aunque al principio hubo resistencia —e incluso algunos jugadores faltaban a las comidas para evitar compartir mesa—, la prohibición de comer en otros horarios los obligó a ceder ante el hambre y empezar a convivir. Contra todo pronóstico, el equipo avanzó hasta la final. A pesar de un atentado ocurrido durante las celebraciones en Bagdad, que hizo dudar sobre si debían presentarse al último partido, los jugadores entendieron que la violencia continuaría independientemente de su decisión y optaron por jugar.
Finalmente, lograron la victoria en lo que parecía un guion de esperanza pura. El triunfo fue una síntesis perfecta: el portero, Noor Sabri, era chiita; el autor de la asistencia, Hawar Mulla Mohammed, era kurdo; y quien anotó el gol, Younis Mahmoud, era sunita. Además, el equipo contaba con futbolistas cristianos que mantenían su fe en secreto por miedo a represalias, algo que solo el entrenador conocía.
Este hito contrastó con el pasado del fútbol iraquí, cuya única participación mundialista había sido en México 86, época en la que Uday Hussein, hijo de Saddam Hussein, presidía la federación y ejercía violencia y tortura contra los futbolistas cuando no rendían en el campo.


