¿Por qué Bélgica no despega en el Mundial 2026? La explicación va más allá del fútbol
Alberto Lati da una mirada al presente de la selección belga por el bajo nivel futbolístico y por las divisiones históricas que vive aquel país
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Bélgica vive una nueva etapa de cuestionamientos deportivos en el Mundial 2026, pero el análisis de Alberto Lati en La Delantera de Claro Sports coloca el foco más allá de los resultados. Su editorial parte de una lectura histórica: el fútbol belga no puede entenderse sin observar la profunda fragmentación social, lingüística y cultural que atraviesa al país desde hace décadas.
El combinado nacional aparece como uno de los pocos símbolos capaces de reunir a flamencos y valones, dos comunidades que conviven dentro de una misma nación, pero que mantienen diferencias marcadas por el idioma, la identidad regional y la representación política. En ese contexto, los Diablos Rojos funcionan como un punto de encuentro, aunque también reflejan las tensiones que existen fuera de la cancha.
La fractura histórica de Bélgica
Alberto Lati recuerda que, en 2009, Bélgica atravesó un largo periodo de inestabilidad política al pasar cerca de dos años sin poder formar gobierno, un lapso que fue señalado como uno de los más extensos para cualquier país. En ese momento, el entonces primer ministro interino Yves Leterme resumió la situación al mencionar que solo tres factores unían a todos los belgas: el rey, la cerveza y la selección nacional de fútbol.
La frase sirve como punto de partida para entender el peso simbólico de los Diablos Rojos. En un país dividido por regiones, culturas e idiomas, la selección funciona como uno de los escasos hilos conductores de identidad común, especialmente cuando los resultados internacionales colocan a Bélgica en el mapa futbolístico global.
El país está dividido principalmente entre la región flamenca, donde se habla flamenco, un idioma cercano al neerlandés, y la región valona, de habla francesa. Esa diferencia lingüística también se traslada al entorno de la selección, donde no todos los futbolistas comparten una misma lengua materna y la comunicación cotidiana puede convertirse en un reto interno.
Un vestidor que también refleja las barreras del país
La editorial de Lati subraya que Bélgica es un equipo partido en dos, como ocurre con buena parte de su estructura social. En torneos internacionales, incluso la atención a medios suele organizarse con futbolistas de ambas regiones: uno de origen flamenco y otro de origen valón, como una forma de representar los dos polos principales de la nación.
Dentro del vestidor, la realidad lingüística también pesa. Es común que los jugadores belgas recurran al inglés para comunicarse entre sí, ya que no todos los flamencos hablan francés y pocos valones dominan el flamenco. La selección, por lo tanto, no solo compite contra rivales internacionales, sino que también administra una convivencia marcada por códigos culturales distintos.
Esa rivalidad regional ha tenido reflejos en otros deportes. Lati recuerda los casos de Justine Henin-Hardenne, valona, y Kim Clijsters, flamenca, dos de las mejores tenistas de su época, nacidas en el mismo país y protagonistas de una rivalidad que también fue leída desde la división interna belga. (Cabe destacar que los flamencos hablan neerlandés y representan cerca del 60% de la población, mientras que los valones hablan francés y representan poco más del 30%).
Los inmigrantes como puente dentro de la selección belga
Uno de los puntos centrales del análisis es el papel de los futbolistas de origen inmigrante. De acuerdo con la lectura de Lati, los jugadores bilingües o multiculturales han servido como puentes entre flamencos y valones, al poder comunicarse con mayor facilidad en un entorno históricamente fragmentado.
Romelu Lukaku aparece como ejemplo de esa dinámica. El delantero, descendiente de congoleses y hablante de los dos idiomas principales del país, representa una figura capaz de conectar distintas realidades dentro del mismo vestidor. Su caso permite observar cómo los futbolistas provenientes de familias migrantes han tenido un papel importante en la construcción del equipo nacional.
La editorial también recupera un episodio de Brasil 2014, cuando el entonces seleccionador Marc Wilmots fue señalado por supuestamente priorizar a jugadores valones sobre flamencos. El técnico respondió con sorpresa al afirmar que no entendía la acusación y que no sabía que existiera una guerra en Bélgica, una frase que evidenció la sensibilidad del tema dentro del entorno deportivo.
De la generación dorada al presente de los Diablos Rojos
La llamada generación dorada de Bélgica tuvo su punto más alto en Rusia 2018. Con figuras como Eden Hazard, Kevin De Bruyne y Romelu Lukaku, el equipo alcanzó las semifinales del Mundial, una instancia que la selección belga no conseguía desde México 1986. Aquella participación consolidó al grupo como uno de los más talentosos de su historia reciente.
Sin embargo, el ciclo posterior no ha mantenido el mismo nivel competitivo. Entre los torneos de 2022 y 2026, Bélgica ha disputado cinco partidos mundialistas con apenas una victoria, conseguida ante Canadá, según el contexto planteado en la editorial. Ese dato refuerza la percepción de una selección que ha perdido impacto en el escenario internacional.
En el Mundial 2026, el grupo parecía accesible para Bélgica, con rivales como Irán, Egipto y Nueva Zelanda. Aun así, los Diablos Rojos han quedado condicionados por dos empates y un funcionamiento ofensivo limitado, lejos del peso nominal que todavía conservan varios de sus futbolistas en el panorama europeo.
El Mundial 2026 como reflejo de una crisis más amplia
La lectura de Alberto Lati conecta el momento futbolístico con el contexto social y político del país. Bélgica aparece como una selección que no termina de transformar el talento individual en una estructura colectiva sólida, un problema que, en la editorial, se vincula con las divisiones internas de la nación.
El análisis no presenta al vestidor belga como una excepción, sino como un reflejo del país. Las barreras lingüísticas, la división regional y la necesidad de encontrar puntos de convivencia forman parte de una realidad que acompaña a los Diablos Rojos, incluso cuando el balón comienza a rodar en una Copa del Mundo.
Para México y Latinoamérica, el caso de Bélgica resulta relevante porque muestra cómo una selección con figuras internacionales puede enfrentar retos que van más allá de lo táctico. El fútbol, en este caso, funciona como una ventana para observar la complejidad de un país que ha encontrado en su equipo nacional uno de sus pocos espacios de unión.


