Alberto Lati revela el tradicional método que llevó a Japón a competir contra las potencias mundiales
El periodista recuerda que el fútbol no fue desde el inicio un deporte central en la cultura japonesa, pero con el proyecto de ‘Visión 2050’ han crecido de forma importante
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El crecimiento del fútbol japonés tiene una explicación que Alberto Lati vincula con una idea cultural de resiliencia: caer siete veces y levantarse ocho. A partir del simbolismo del Daruma, el periodista expone en el programa de ‘La Delantera’ cómo Japón transformó episodios de frustración deportiva en puntos de partida para construir una estructura nacional enfocada en el largo plazo.
En su análisis, Lati utiliza la figura del Daruma como una representación visual de perseverancia. El muñeco, por su peso y diseño, recupera la vertical cada vez que cae, una imagen que conecta con el refrán japonés sobre levantarse después de cada tropiezo. Bajo esa lectura, el fracaso no aparece como cierre del camino, sino como una etapa dentro del proceso.
El periodista recuerda que el fútbol no fue desde el inicio un deporte central en la cultura japonesa. A diferencia del béisbol, que cuenta con términos propios dentro del idioma local, el fútbol en Japón incorporó palabras inglesas adaptadas a la pronunciación nipona, una muestra de su llegada tardía al imaginario deportivo del país.
Lati señala que el punto de quiebre llegó en la década de los 90, cuando Japón quedó cerca de clasificar al Mundial de Estados Unidos 1994. El empate recibido ante Irak en tiempo final, durante un partido disputado en Qatar, quedó identificado como la “Agonía de Doha”, uno de los traumas fundacionales del futbol japonés moderno.
Aquel episodio, según el análisis, no quedó solamente como una derrota deportiva. También se transformó en símbolo narrativo, incluso dentro de la cultura popular, con referencias al anime y a la idea de una revancha pendiente. La caída en Doha marcó el inicio de una búsqueda institucional para no depender de episodios aislados ni de generaciones espontáneas.
El contraste llegó en el Mundial de Qatar 2022, cuando Japón derrotó a Alemania y España en la misma región donde había sufrido aquel golpe rumbo a 1994. Para Lati, ese regreso al escenario de Doha tuvo una carga simbólica: el lugar de la caída también se convirtió en espacio de recuperación.
La explicación de ese ascenso no se limita a resultados específicos. El periodista ubica el proyecto ‘Visión 2050’, lanzado en 2005, como el eje de una planificación que tomó herramientas extranjeras y las adaptó a los valores de trabajo japoneses. En ese modelo aparece el concepto de kaizen, entendido como mejora continua.
Visión 2050 planteó una ruta de desarrollo con objetivos de largo plazo para el fútbol japonés. El programa modificó estructuras escolares, homologó metodologías de formación y estableció lineamientos nacionales para evitar que cada región o institución trabajara de manera aislada. La prioridad fue construir una base común desde edades tempranas.
Otro punto central del plan fue la exportación de talento joven hacia Europa. Lati menciona que Japón abrió oficinas en el continente para facilitar la llegada de futbolistas en etapas de formación o consolidación. La intención de ese movimiento fue elevar el nivel competitivo de sus jugadores mediante exposición constante a ligas de mayor exigencia.
En ese proceso aparecen nombres como Takefusa Kubo y otros futbolistas que llegaron al fútbol europeo desde edades tempranas o durante su etapa de desarrollo. La presencia de jugadores japoneses en clubes extranjeros forma parte de una política deportiva diseñada para aumentar experiencia, ritmo y adaptación internacional.
El análisis también subraya que Japón no buscó copiar modelos sin filtro, sino integrarlos a su manera de trabajar. La adaptación de influencias extranjeras, combinada con disciplina, planificación y valores culturales propios, permitió que la selección japonesa compitiera con mayor regularidad ante rivales de jerarquía mundial.
En la lectura de Lati, el proyecto mantiene una fecha de destino: 2050. Por eso, incluso si Japón no logra en 2026 el salto competitivo definitivo, el plan no se detiene. La lógica del Daruma vuelve al centro de la explicación: caer siete veces, levantarse ocho, sostener el proceso y pintar el segundo ojo cuando la meta se cumpla.


