‘El laberinto de la soledad’ tras el triunfo de México ante Corea
Alberto Lati compara el presente de México con ‘El laberinto de la soledad’: el Tri ya clasificó, pero sigue enfrentando críticas pese a ganar
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México ganó, avanzó y aun así volvió a mirarse al espejo con desconfianza. El triunfo 1-0 ante Corea del Sur, resultado que le dio a la selección mexicana el pase a los dieciseisavos de final del Mundial 2026, abrió una discusión que Alberto Lati llevó mucho más allá del marcador en ‘La Delantera’: la relación del fútbol mexicano con su propio miedo, con la derrota y con la eterna sospecha de que nada alcanza.
El periodista partió de una referencia literaria para explicar el estado emocional que suele acompañar al Tricolor. ‘El laberinto de la soledad’, obra cumbre de Octavio Paz, apareció como metáfora de una selección que muchas veces parece caminar entre dudas, vueltas y fantasmas históricos. Para Lati, México no solo juega contra sus rivales, sino también contra esa costumbre nacional de anticipar la caída antes de celebrar el paso adelante.
México ganó, pero el debate no tardó en aparecer. Hubo quienes cuestionaron el funcionamiento, el estilo, la falta de brillo y las carencias ofensivas del equipo de Javier Aguirre. Sin embargo, la reflexión de Lati fue directa: después del caos reciente, de los cambios de técnicos, de los golpes acumulados y del fracaso en Qatar, estar clasificado, con portería en cero y con el liderato del grupo asegurado, no es un detalle menor.
El laberinto mexicano: miedo a ganar, obsesión con perder

Lati recordó que Octavio Paz escribió sobre la relación del mexicano con la muerte: la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella y la festeja. El periodista propuso sustituir esa palabra por derrota, eliminación o fracaso futbolero. El resultado, dijo, es casi el mismo: el fútbol mexicano vive hablando de lo que puede salir mal, de la caída posible, del precipicio que siempre parece estar esperando.
En esa lógica, el ‘sí se puede’ que aparece en las gradas también revela una duda profunda. Se grita porque se teme que no se pueda. Se repite porque el pasado pesa. Ahí siguen, como heridas abiertas, la caída de Robben en 2014 o los cambios de Mejía Barón en 1994. México avanza, pero una parte del entorno parece seguir atrapada en escenas que ocurrieron hace 12 y 32 años.
Por eso, el editorialista consideró inevitable mirar el presente con perspectiva. La selección venía de una actuación dolorosa en Qatar y de un proceso inestable, marcado por tres presidentes de la Federación y tres entrenadores: Diego Cocca, Jaime Lozano y Javier Aguirre. En medio de ese desorden, preguntó Lati, ¿quién no habría firmado llegar al Mundial 2026 con el pase amarrado tan pronto y con el equipo todavía jugando en casa?
La respuesta, sin embargo, no ha sido una celebración unánime. Hay voces inconformes, con todo derecho, por la manera en la que juega México. El equipo no deslumbra, no arrasa, no enamora. Pero Lati defendió el valor competitivo de lo conseguido: si el portero coreano soltó la pelota, también eso forma parte del juego; si el Tala Rangel atajó, también para eso está un portero; si México recuperó balones, también fue porque presionó para provocarlo.
Ganar como sea también cuenta
Frente a Corea del Sur, México planteó un partido pensado para incomodar. El rival era dinámico, fluido, capaz de moverse con velocidad, y el objetivo mexicano fue atascarlo. Y lo atascó. Lati reconoció que nunca sabremos si el Tri habría podido ganar en un intercambio de golpes más abierto, pero subrayó que tampoco hace falta saberlo: México ganó, cumplió y conquistó muy pronto su primera meta mundialista.
El triunfo no fue una exhibición estética, pero sí una muestra de pragmatismo. “Si alguien quería perder jugando atractivamente, yo prefiero ganar como sea”, fue el fondo de la postura de Lati. La frase resume una idea que suele incomodar en el fútbol mexicano: hay días en los que el resultado también construye confianza, incluso cuando el funcionamiento todavía necesita trabajo.
Desde esa mirada, enojarse por una victoria que asegura la clasificación es regresar a la obsesión con la muerte futbolera, con la derrota imaginada antes que con el paso conseguido. México no tiene por qué conformarse, pero tampoco tiene por qué despreciar lo que ya logró. La exigencia puede convivir con el aplauso, siempre que no se confunda análisis con condena automática.
La conclusión del editorial fue clara: el marco ideal para mejorar es la victoria. México debe corregir, crecer, afinar su ataque y sostener la solidez que le permitió dejar otra vez su portería en cero. Pero lo hará desde un lugar mucho más favorable: clasificado, líder, con margen y con la posibilidad de seguir jugando ante su gente.
El laberinto sigue ahí, pero esta vez México encontró una salida parcial. No fue brillante, no fue perfecto, no fue una noche de fútbol memorable. Fue algo quizá más útil para un Mundial: una victoria trabajada, pragmática y suficiente. Y en una Copa del Mundo, donde tantas veces se sobrevive antes de lucir, eso también merece ser reconocido.


