El Estadio Azteca renovado, pero incompleto: los retos de cara al Mundial 2026
Claroscuros en la fiesta de reinaguración del Coloso de Santa Úrsula, en donde Portugal y México quedaron a deber dentro de la cancha

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La tarde caía sobre Santa Úrsula como si quisiera acompañar el momento: el regreso del Estadio Azteca no era solo una reapertura, era una promesa. Una más. Y como suele pasar con las promesas grandes, la experiencia fue un mosaico de contrastes, entre lo que ya es leyenda y lo que aún no termina de ser realidad.
Desde la llegada, el operativo parecía ensayado. El Tren Ligero ofrecía rutas diferenciadas (una directa y otras con paradas selectivas) que, al menos en papel, ordenaban el flujo. En la práctica, la llegada una hora antes del partido resultó sorprendentemente ágil. Afuera, un perímetro blindado por seguridad hacía que la caminata fuera tranquila, casi familiar, como si el caos habitual hubiera decidido tomarse el día libre.
Pero el Azteca también juega sus propios partidos invisibles. Apenas uno se acercaba, la señal telefónica desaparecía como si el estadio la absorbiera. Y con ella, la modernidad: boletos digitales imposibles de cargar, filas que avanzaban a trompicones, rostros entre la frustración y la resignación. El filtro de seguridad, en cambio, fluía con inusual calma… aunque con prácticas discutibles, como la revisión exclusiva de bolsas femeninas.

Adentro, el déjà vu. Las rampas, los túneles: intactos, como cápsulas del tiempo. Alrededor, eso sí, el ambiente invitaba a llegar temprano. Actividades, dinámicas, pequeños espectáculos para llenar la antesala del partido. Pero bastaba desviar la mirada para notar que la reinauguración aún está en obra: enchufes ausentes, hoyos en paredes y pisos, tierra y arena que recordaban que el Azteca sigue en transición.
Los baños de zona general permanecen anclados en otra época. Los asientos, en cambio, parecen haber viajado al futuro… pero al revés: más angostos, más incómodos, como si la experiencia del aficionado se hubiera comprimido. No todo es negativo: la desaparición de la reja en general abre la vista, libera el horizonte y devuelve algo de dignidad a esa zona históricamente castigada.
Lo más destacado, sin duda alguna, es el campo con sistema híbrido. La combinación del pasto natural con fibras sintéticas (95 por ciento del primero y cinco por ciento del segundo) acapara los reflectores y coloca el terreno de juego a la altura de los mejores del mundo.
Ya en la butaca, el contraste se vuelve más evidente. Sí, hay pantallas nuevas, palcos relucientes, un sonido notablemente mejor y anillos LED en el interior del estadio. Pero más allá de esos destellos, cuesta percibir la inversión millonaria que se prometía como transformación total. Y mientras el estadio intenta modernizarse, falla en lo básico: sin señal, sin wifi, una red tan anunciada como inexistente, el espectador queda desconectado en pleno 2026.
En la cancha, México y Portugal firmaron un empate sin goles, acorde al ambiente: correcto, pero sin brillo. El momento que sí rompió la inercia fue el espectáculo de medio tiempo. Luces, sincronía, emoción. Por unos minutos, el Azteca volvió a sentirse como ese gigante capaz de estremecer.

Claro, también está el otro marcador: el de los precios. Comer y beber dentro del estadio se convirtió en un lujo. Una sopa instantánea por 120 pesos, una cerveza que rebasa los 200. El fútbol como experiencia premium, incluso en lo más básico.
Y cuando el silbatazo final marcó el 0-0 definitivo, empezó el verdadero desafío. Si la llegada había sido ordenada, la salida fue su espejo roto. Transporte insuficiente, desorganización, multitudes caminando kilómetros en busca de una opción para volver a casa. El Azteca expulsando gente con la misma intensidad con la que la había convocado.
Así fue la reinauguración: un estadio que quiere ser nuevo pero aún se reconoce viejo, que mejora en detalles pero tropieza en lo esencial. Un gigante que sigue imponiendo respeto, pero que todavía no termina de estar listo para su siguiente capítulo, la Copa del Mundo 2026 que arranca el 11 de junio. Como la misma selección de Javier Aguirre: mucha expectativa, pocas certezas y un empate que deja más preguntas que respuestas.
¿Qué debe mejorar el Estadio Azteca rumbo al Mundial 2026?
La reapertura del Estadio Azteca dejó claro que aún existen áreas clave que requieren atención inmediata si se busca ofrecer una experiencia acorde a un evento de talla mundial. Uno de los principales problemas es la conectividad: la ausencia de señal telefónica y wifi limita la operación de boletos digitales y afecta la comunicación de los asistentes dentro del inmueble.
Otro punto crítico es la logística de acceso y salida. Aunque el ingreso mostró avances en organización, la evacuación del estadio evidenció fallas importantes en transporte y movilidad. La falta de opciones suficientes para el regreso a casa generó caos y largos recorridos a pie, un aspecto que deberá resolverse antes de recibir a miles de aficionados internacionales.
En cuanto a infraestructura, persisten detalles que contrastan con la inversión anunciada. Espacios en obra, acabados incompletos y servicios básicos como enchufes siguen pendientes. A esto se suman los sanitarios en zona general, que mantienen condiciones antiguas, y los asientos, que han generado incomodidad entre los aficionados.
Finalmente, la experiencia del espectador también pasa por el costo. Los precios elevados en alimentos y bebidas colocan el consumo dentro del estadio como un lujo, lo que podría impactar la percepción general del evento. El Azteca aún tiene margen de mejora para estar a la altura de la Copa del Mundo 2026, donde cada detalle será observado a nivel global.


